Sin fecha
Esta mañana he pasado por la
Plaza Alta de Algeciras. Allí se desarrollaba, como estaba previsto, un acto
simbólico en el que el pueblo juzgaba a los mandatarios en general por parcelas
de poder, los condenaba a la guillotina, ejecutaban la sentencia con una
guillotina de juguete y mostraban la cabeza al pueblo que vociferaba.
Intervenían: juez, verdugo con capucha, reos no presentes y pueblo. Cuando yo
pasé por allí estaban llamando a
declarar a los alcaldes (creo recordar que llamaban a “los alcaldes estúpidos”)
y cuando volví del recado, estaban mostrando al pueblo la cabeza de papel
albar. No sé aforar un público, pero calculo que habría un centenar de
personas. Y algunos policías urbanos retirados prudencialmente. Esto es lo que
vi.
Mi opinión: Allí sobraba la
guillotina y faltaban los oprimidos. Me
explico.
Soy contrario a usar la
violencia de cualquier tipo con cualquier persona, por eso condeno tanto a los
que lo hacen directamente –por ejemplo con una guillotina- como a los que la
provocan desde detrás de una mesa sin aparecer en escena. Condeno a todo el que
desde alguna parcela de poder hace daño a personas, de cuya actividad parece
que este país se ha convertido en la gran sede.
Pero he echado en falta en
la Plaza a los oprimidos. A los enfermos sin cuidados, los estudiantes y científicos
sin medios, los que trabajan sesenta horas/semana por 600€/mes, los que buscan
cartones y comidas en la basura, los que no pueden utilizar la justicia para
defenderse porque no pueden pagarlo, los humillados que es la peor de las
muertes, los que ven, asolados, su vida sin futuro…
No me gusta una guillotina
ni siquiera simbólica, y por eso no me quedé, pero tampoco me gusta un pueblo
que se deja hacer.
Luiyi.
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