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martes, 14 de diciembre de 2021

 

Sin fecha

Esta mañana he pasado por la Plaza Alta de Algeciras. Allí se desarrollaba, como estaba previsto, un acto simbólico en el que el pueblo juzgaba a los mandatarios en general por parcelas de poder, los condenaba a la guillotina, ejecutaban la sentencia con una guillotina de juguete y mostraban la cabeza al pueblo que vociferaba. Intervenían: juez, verdugo con capucha, reos no presentes y pueblo. Cuando yo pasé por allí estaban  llamando a declarar a los alcaldes (creo recordar que llamaban a “los alcaldes estúpidos”) y cuando volví del recado, estaban mostrando al pueblo la cabeza de papel albar. No sé aforar un público, pero calculo que habría un centenar de personas. Y algunos policías urbanos retirados prudencialmente. Esto es lo que vi.

Mi opinión: Allí sobraba la guillotina y faltaban los oprimidos.  Me explico.

Soy contrario a usar la violencia de cualquier tipo con cualquier persona, por eso condeno tanto a los que lo hacen directamente –por ejemplo con una guillotina- como a los que la provocan desde detrás de una mesa sin aparecer en escena. Condeno a todo el que desde alguna parcela de poder hace daño a personas, de cuya actividad parece que este país se ha convertido en la gran sede.

Pero he echado en falta en la Plaza a los oprimidos. A los enfermos sin cuidados, los estudiantes y científicos sin medios, los que trabajan sesenta horas/semana por 600€/mes, los que buscan cartones y comidas en la basura, los que no pueden utilizar la justicia para defenderse porque no pueden pagarlo, los humillados que es la peor de las muertes, los que ven, asolados, su vida sin futuro…

No me gusta una guillotina ni siquiera simbólica, y por eso no me quedé, pero tampoco me gusta un pueblo que se deja hacer.

Luiyi.

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