Nunca es tarde. (Capítulo 2)
2.- LA
PLANCHA
Aquí triunfé
desde mi primer intento. Pero algo tuve que hacer mal, algún detalle nimio, porque
la señora no me ha vuelto a permitir usar la locomotora esa de vapor.
Lo primero
que se debe hacer es extender con las manos la ropa sobre la mesa esa que se
parece enteramente a una tabla de surf por lo que, para empezar, sientes una
sensación refrescante y maravillosa durante la tarea. Sobre todo en verano. Una
vez extendida, pasas la plancha por encima apretando con el pulgar el botón del
vapor. Es muy fácil. Lo que mejor me sale son los trapos de cocina y las
toallas. Con las camisetas de las nietas hay que tener un cuidado exquisito
porque tienen unos adornos en el pecho, unos dibujitos, que suelen ser de
material plástico o similar y si te descuidas y dejas la plancha encima más
tiempo del requerido, se pega al dibujo, lo desfiguras y, encima te cuesta
despegar la plancha de la tela y luego tienes que rasparla con una cuchilla
para dejarla lisa.
Estaba yo
inmerso en la tarea, totalmente entregado, poniendo la ropa ya planchada en un
montoncito al lado de la otra, cuando llega la señora y ante el inesperado
espectáculo de ver a su marido planchando y después de su sombrado “¿qué haces?”, continuó diciendo: “Bueno, vale, déjalo, ya lo termino yo. ¿Qué
montón es el que está planchado?”
Luiyi
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