¿UNA GAMBERRADILLA ¿
Yo creo que no, pero
algún titulillo había que poner. Debió ser a final del curso 65-66 o siguiente.
No es que yo fuera especialmente dado a meterme en problemas, es más, creo que
tenía fama de bueno…pero de vez en cuando me alegraba la existencia hacer
‘alguna’. Quizás por la proximidad de final de curso, y que nos íbamos de
vacaciones, la imaginación se disparó un poco, y se brindó la oportunidad, con
varios otros, de hacer una escapada a la azotea por la noche.
Parte del objetivo de
este relato es que la memoria me falla y no recuerdo con quien subí, así que si
alguien lee esto y lo recuerda ¡que se manifieste! que no subí sólo.
Todos sabíamos cómo acceder
a la triangular azotea, la puerta estaba cerrada con llave y alguien la abrió.
Tras unos sigilosos paseos para no despertar a los que vivían en el piso superior
y contemplar lo bien que se estaba allí, casi con toda seguridad una estrellada
y cálida noche, a lo mejor hasta fumamos, y al no tener más que hacer pensamos
bajar a los cuartos.
Pero ¡oh sorpresa! nos
habían cerrado la puerta por dentro, no había forma de abrir, y el panorama era
jodido. No había que ser una eminencia en el pensamiento, para deducir que el
superior a la sazón, Alfonso Castro, cuyas dependencias estaban en el último piso,
se había percatado de nuestra presencia y nos había dejado encerrados en la
azotea.
Tras unos momentos de
pánico y desconcierto, alguien pensó que en la esquina del reloj había unos
rollos de tela dura de decorados que nos servirían para confeccionar una especie
de sábana carcelaria de escape, que dispuesta convenientemente serviría para
que uno se descolgara hasta una pequeña azotea en esquina en el último piso, a
la que se accedía con cierta facilidad. Aquella salida daba a una habitación,
que pienso que no estaba ocupada, y si lo estaba, el que bajó fue muy hábil,
salió al pasillo y nos abrió la puerta de la azotea. El artista que lo hizo, si
este evento lee, que lo diga…tengo mis fundadas sospechas.
Siempre fui muy ordenado
y supongo que ello me llevó, con algún otro colega, a recoger y enrollar los
decorados, dejándolo tal como lo encontramos. En estas y con la inquietud que
podemos imaginar nos fuimos a dormir. A la mañana siguiente en el desayuno, el
mencionado superior, dijo en público que esa noche algunos habían subido a la
azotea y que él había cerrado la puerta. Su problema, supongo, era saber cómo
habíamos salido, nos conminó a que se presentaran los infrascritos; tampoco
insistió más. No sé los demás, yo no tenía conciencia de haber hecho nada peligroso
y no me presenté. A los dos días nos fuimos de vacaciones veraniegas…como si
nada hubiera pasado.
J. Miguel Vicente Pecino
Amigo Peky, yo ni siquiera tenía conocimiento de esta gamberradilla, por lo que no pude "disfrutar" del evento, aunque, naturalmenete, me hubiera gustado.
ResponderEliminarMenos mal que nuestro querido y recordado Padre Castro, profesor y superior entonces, no llegó a descubrir a ninguno de los infrascritos, pues, de haberlo hecho, y dado, a mi entender, su poco sentido del humor, algún problemilla habríais tenido.
Y de su poco sentido del humor y mucho de su responsabilidad y buen proceder yo sé algo...
Miguel Guerrero
José Miguel,aunque te equivoques, dínos quién era según tus "fundadas sospechas", si no quieres "difamar" le pones delante PRESUNTO y todo arreglado.
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