ANTONIO MUÑOZ
miércoles, 11 de julio de 2018
Sobre recuerdos y vivencias. (1) El
cachucho
Le comentaba a Luis que el Blog me confirmaba la
diferencia entre lo que uno recordaba haber vivido en aquel pasado
de hace cincuenta años y la realidad de los hechos o, al menos, con
lo recordado o vivido por otros compañeros. Y no creo que ello se deba a
la nebulosa de los recuerdos cada vez más distante y espesa por los
años. Me sorprendía que situaciones que todos habíamos vivido (al
parecer) de forma idéntica, cada uno la recordaba de forma, a veces, bastante
distinta. Siempre he creído tener buena memoria, pero me he tenido que
cuestionar algunos viejos recuerdos cuando no coincidían con los de
otros amigos. ¡Y lo peor es que, según nos dicen, la vida
es lo que uno recuerda! …Pues, vaya, ¡como uno recuerde lo que no pasó! ¡Vaya
fiasco!
Esto me pasó con una reflexión que evocaba Juan García
del Castillo sobre la muerte y vela del cadáver de D. Tomás. A mí me tocó velar
el cadáver aquellos días y la verdad había recuerdos muy vivos que no
coincidían. Bueno, aquellos recuerdos de D. Tomás de cuerpo
presente… es un tema seguro de memorias y vivencias de todos los que
compartimos aquellos momentos. Pienso que ninguno habíamos visto un obispo
muerto y, claro, con lo alto que nos parecía cuando se subía al estrado a
examinarnos… y ahora lo veíamos tan pequeñito y a nuestra merced...
Pero así pasa con numerosas anécdotas menores:
pongamos por caso, las visitas al P. Jansen, con Leoncio y sus inventos, las
apuestas matinales para ver quién engullía la cucaracha de turno (con perdón,
si es hora de comer), los partidazos de fútbol, de baloncesto o de frontón con
sus líderes, las meditaciones del Villacastín (Pondera, alma y
contempla…) y las más terribles experiencias de ánimas salidas del
purgatorio que visitaban cristianos para atemorizarlos con sus cuerpos
destilando gotas de fuego líquido, las visitas al manicomio con Napoleón
incluido o al reformatorio… Son tantas las anécdotas, digamos, livianas, en las
que contándonosla no coincidimos… y, sin embargo, uno es lo que vivió. ¿Quién
era el mejor lector de Robinsón Crusoe, el Viaje de la Kon Tiki o Miguel
Strogoff? ¿Aleu, Brajones o Fossati? ¿Y de nuestros profesores? ¡Qué me
gustaría tener grabado al P. Barreiro hablando de Kant! o de sus “exempla”, al
modo didáctico de la antigua escolástica: cuchara, cuchillo, tenedor: cubierto;
fósforo, cerillo, mixto: igual. Y su descripción del “movimiento” que siempre
me la ha recordado Maeztu: “Tanslatio huius loci… ¿cuántas anécdotas sabrosas
podríamos componer entre todos!
¡Qué pánico entonces al P. Macías! y hoy ¡qué alegría!
haber aprendido con él esas sabias reglas nemotécnicas que tanto
nos ayudaron a comprender y a dar clases de latín: “Los verbos de
lengua, pensamiento y sentido llevan construcción de infinitivo”.”Los verbos de
ruego, mandato y coacción llevan subjuntivo con consecución”. Por favor, si hay
alguien que las tenga todas “frescas” o casi todas recopiladas, le agradecería
me las recordara. Quizás las tenga Juan Fuentes. Que también nos lo puso
difícil con Horacio: ”O fons Bandusiae splendidior vitro…cras
donaberis haedo”. Al que también agradecemos sus enseñanzas de
latín, preceptiva literaria, métrica y, sobre todo, sus lecturas de Cervantes o
de Homero. Como a Velasco sus lecturas de Berceo, de los romances históricos y
de Machado (entonces un desconocido).
Cuando nos reunimos algunos compañeros y amigos de
aquellos años (no hace menos de cincuenta años) nos acordamos de lo que
aprendimos, lo que sufrimos con las Matemáticas (y la pena que nos da hoy por
no haber aprovechado más al gran maestro que tuvimos, el P. Troya), del hambre
proverbial que a veces pasamos, sobre todo, hasta el año 1965 y de los temas
más trascendentes, porque todos no eran asuntos livianos y de poca monta. A mí,
con 13 o 14 años no se me olvida la discusión entre los “mayores” sobre qué era
más importante la “santidad” o la “sabiduría”. Claro, que ya uno sabía que la
disputa “seudoescolástica” tenía su truco, pero ahí estaba. ¿Y lo que me
recuerdan algunos compañeros con cierto estupor (por mi parte) sobre los
“criterios de repetición de curso”, asunto que yo ignoraba? Bueno,
yo llegué hasta 1968, cuando los filósofos estábamos en Fray Félix y el resto
de los mayores en Salamanca. Ya hacía unos años en el seminario
leíamos Triunfo (gracias a Juan A. Pérez Millán) y Cuadernos para el Diálogo
(gracias a Tomás Iglesias). A partir de ahí, ya con Carmona de profesor, con
Teruel etc… pudimos meternos de lleno en Unamuno (y su agonía del Cristianismo)
y, sobre todo, en “Honest to God” del obispo Robinson que nos enfrentó con nuestra “porca
miseria” humana y nos abrió otro camino, totalmente distinto (y personal, pese
a quien le pese) hacia la fe. Pero estas son cuestiones de mayor
calado y habrá que tratarlas y digerirlas con mesura y reflexión. Pues,
no digamos nada,cuando en la diáspora, unos se hicieron camareros, otros
músicos y otros universitarios o comunistas ¡Qué escándalo! Todos
hijos de una misma Madre, las Santa Iglesia Católica y de unos mismos
profesores y superiores que, por lo general, siempre nos siguieron aceptando y
demostrándonos su aprecio.
Todos estos son recuerdos y memorias que siento no se
hayan suscitado en el BLOG. “Yo pecador…” no me puedo quejar, porque no hice
ninguna aportación. Pero como me comprometí con Luis, cada vez que tenga un
rato, espero que , al menos dos veces al mes, si a nadie le incordia, suscitaré
algún tena del recuerdo y de la memoria colectiva. ¡A ver cómo lo vivimos cada
uno!
El otro día hablaba con Luis del
cachucho. Es curioso que no nos poníamos de acuerdo sobre la naturaleza del
cachucho, que nos decían que era un besugo ¿Era en verdad un besugo?…Claro,
pero cuando uno veía en los mercados el famoso besugo de Navidad, el besugo de
la pinta, aquello no tenía punto de comparación. Después de leer
algunos diccionarios y recorrer internet, ya me he percatado que al cachucho,
en algunos puntos de la costa de Cádiz, lo llamaban “besugo”, aunque tuviera
poco o nada que ver con el de la pinta. Pero tampoco tenía que ver con el
besugo que mi madre preparaba en verano asado al carbón y con picadillo de
tomate, pimiento y cebolla ¿Qué era entonces el cachucho que nos daban? ¿Sería
un besugo degradado? Desde luego, el de San Bartolomé no olía, no sabía como el
de casa. Pero lo que más me llama la atención fue su práctica desaparición hacia
1965, cuando llegaron los cambios al seminario.
Recuerdo que el final del cachucho vino de la mano de
los cambios generales, entre ellos los alimentarios, que incluían nuevo
servicio de cocina y nuevos platos más elaborados y mejor
presentados, como el del huevo duro en dos mitades a bandas roja y
gualda (tomate y mayonesa). Unos achacaban los cambios al concilio, otros al
obispo Añoveros y otros al nuevo rector el P. Metola. Yo pienso
también que fue el P. Metola el que cambió los hábitos alimenticios y enriqueció
nuestro paladar y nuestros estómagos con sus campañas económicas a favor del
seminario. Y creo que a él se le debió la definitiva extinción del cachucho y
la sustitución por la pijota, hecha un ovillo, mordiéndose la cola. Bueno, ya
antes nos habían puesto alguna que otra pijota, pero la sustitución radical del
cachucho por la pijota creo que vino después de la muerte de D. Tomás. ¿O
fuimos tan voraces que extinguimos la especie?
Yo, al menos, no veo cachuchos en ningún
mercado, al menos los similares a los que nos ponían en la mesa casi a diario
en los años sesenta. ¿O es que ahora uno es más pudiente y tiene visión
selectiva en el mercado y se me borra la esquina del cachucho? Bueno, la verdad
es que hace años también se me borró la esquina, si la hay, del
mero.
De verdad ¿pudimos acabar nosotros con la especie?
Bueno, otro día, como le prometí a Luis, entraré en el
BLOG para seguir indagando sobre el misterio de nuestras memorias y vivencias.
Sólo deciros que consultaré con nuestra amiga Mª Paz Martín, la mujer de
nuestro querido amigo Manolo Torres (me resulta difícil nombrarla viuda), pues
es, además de una de las mejore botánicas españolas, una gran especialista en
ictiofauna. Seguro que nos aclara la familia a la que pertenece el cachucho y
su nombre científico y, sobre todo, si existen muchos o se consumieron en San
Bartolomé.
Antonio Muñoz Rodríguez

Amigo Antonio, por fin ven la luz tus recuerdos ¿un poco nostágicos? sobre el cachucho y otras cosas. Ha tardado un poco desde que lo concebiste hasta su aparición; pero ahí está. Nunca es tarde...
ResponderEliminar¿Tal vez ha influido el hecho de que el renacer de este "renacenroche" se gestó en tu casa?
Un abrazo.
Miguel Guerrero
Genial artículo, Antonio. He disfrutado de lo lindo.
ResponderEliminarSi me lo permitís, algo quiero decir sobre los autores: Si no sé con quien dialogo, me retiro de diálogo. Eso de hacer un comentario como "desconocido" o iniciales...Vale, tienes derecho, pero las conversaciones escondiendo el rostro era propias de la obsoleta confesión, pero no me hice cura, no las comparto.
Abrazos
Luis Vallecillo
Me ha parecido estupendo lo que has escrito. Yo recuerdo que Triunfó lo tenía el P. Almandoz en su cuarto y hacia referencia a los artículos de Miret Magdalena. Del cachucho reCuerdo lo que olía y no a rosas. Hay muchas más cosas : los bollos que guardaba Miguelito Rosarino Leoncio.
ResponderEliminarAbrazos
Andrés Baquero